divendres, 10 d’octubre del 2008

TREVOR

El gordo de la clase. La tartaja. El tonto. La gafotas. El pelota. La testigo de Jehová. El maricón. La zopas. El payaso. La paki. El negro. Incluso hasta la más guapa. O el más listo. Todos son lo mismo… diferentes. Diferentes a esa media de habitantes que nadie ha creado, nadie ha delimitado, pero que está ahí. Que se sienten “normales”, y que parecen, no sé muy bien porque razón, asustados de los que parecen ser diferentes a ellos… de los que les recuerdan, sin quererlo, que no somos una masa de hombres y mujeres grises que se levantan a la misma hora, viven en las mismas casas, tienen el mismo coche que el vecino, o aspiran a tenerlo, y no quieren otra cosa que ser seres anónimos, no quieren otra cosa que ser “normales”. Y esto es precisamente lo que inculcan a sus hijos, “pasa desapercibido, no destaques, no preguntes demasiado, ni te cuestiones demasiado, sólo sé normal, por favor, hijo, sé normal”.
Y parece que esos niños que han sido etiquetados de “diferentes” no desearían otra cosa que parecerse a esos compañeros que lo tienen todo, que nunca están solos en el recreo, esos que es genial que te escojan para sentarte a su lado en clase, que es increíble cuando te invitan a su fiesta de cumpleaños. No sé muy bien porqué casi siempre son buenos al fútbol, quizás porque Beckham gana 1000 veces más que un médico; o son buenas cantando y bailando, quizás porque Madonna gana 1000 veces más que una maestra.
Y ahí está Trevor, intentando encajar, ser normal… pero no puede. Y eso lo hace tan infeliz que desea desaparecer, que quiere morir. Es curioso como siempre creemos que los niños son tan felices, asociamos sus risas y sus ganas incansables de jugar a un estado de felicidad plena… pero eso no es así. Hay muchos, muchísimos niños que no son felices, y la mayoría de veces es porque se sienten, o los hacen sentir, diferentes a los otros niños. Y no tendría que hacer falta que ese niño se tome una caja de aspirinas, sólo que se plantee que odia el lugar donde está, para que nos sintamos, como adultos, responsables de este mundo en el que no quiere estar. Porque es verdad que los niños son crueles, pero lo son porque saben que cuando crezcan el mundo en el que van a vivir también lo será, y, como son muy prácticos, supongo que piensan que será mejor irse acostumbrando.
Pero a veces las cosas van a mejor. Y ese niño gordo ahora está felizmente casado y tiene una niña preciosa; y el tartaja ya casi nunca tartamudea, porque tiene amigos que no se ríen de él; y el tonto resultó ser un excelente cocinero; y ahora las gafas están de moda; y el maricón es el director de un hotel y está a punto de adoptar un niño; y la paki ha escrito un libro sobre su infancia que todo el mundo quiere leer; y resulta que la más guapa es una excelente doctora. Y yo me pregunto, visto lo visto, ¿quién quiere ser normal?